domingo, 10 de febrero de 2008

Bares de mi parroquia


Los bares de mi parroquia,

Hace ya unos meses escribí en una Revista de “culto” un artículo sobre los bares de pelo y pluma, refiriéndome a aquellos bares de cazadores de becadas y conejos. Hoy un fiel lector me trae el recuerdo de los bares de mi parroquia.

No es que yo sea mucho de bares, o que en mi infancia o adolescencia anduviera dándole al pinple, o tuviera un padre borracho al que buscar, nada de eso.

Pero los bares de la parroquia, para nosotros los chavales de “La Fuente” eran todo un campo de investigación sociológica , no por nada, sino porque en ellos estaba nuestra droga que en aquellos tiempos era la televisión, y como en casa no había, pues eso buscábamos los fines de semana introducirnos en los bares para ver la tele y como mi padre era raro que l os frecuentara pues siempre andaba de obras por casa, pues las excusas para penetrar en aquellos santos sanctórum para ir a buscar al padre y quedarse a ver la tele pues como que no colaba.

No sé en otras parroquias, pero en la mía conocí unos cuantos bares en los cuales los hombres pimplaban de cojones, aunque en ellos también es cierto se hacia lo que hoy los modernos llaman la sociabilidad. Estamos hablando de mediados de los 60, con una importante presencia de emigración que se radicaba fundamentalmente en La Dehesa, y también del nacimiento de los poligonos, o sea que gente para consumir o para necesitar los servicios de comida no faltaba.

Lloreda , era la parte alta de la parroquia, y estaba como fuera de nuestro alcance, y además parecía tener poco atractivo para nosotros, pues era como sino existiera, dense cuenta que nos íbamos andando de Tremañes a La Camocha, para ver a unos amigos o corrernos alguna perrrería por las minas del Picu San Martín o Pico el Sol, y sin embargo recuerdo poco el barrio de Lloreda o a sus integrantes.

La frontera la teníamos establecida en La Jamaica, el barrio intermedio entre los Campones y Lloreda, en ese punto había un bar feo, denominado El Jamaica y llevado por "el Jamaicu", no sé quien daba nombre a quien, pero el paisano que lo regentaba “el Jamaicu” que no era manco de un brazo, como yo creía y como me expone su nieto, y tal vez le confundía con otro vecino asiduo del bar que sí lo era; parece ser que tampoco el Jamaicu gastaba un humor de perros, sino que tal y como me expone su nieto "era rudo y testarudo" o eso nos parecía a nosotros, por lo cual hacía que nos mantuviésemos lejos de su alcance, aunque le recuerdo enjaezando todo el carro y el caballo para ir a sus menesteres con un brazo, lo cual ya idea de como era. En este bar del Jamaicu, creo que solo entré una vez con mi padre.
Bajando por la carretera estaba en Los Campones: Casa Blasco, que de guaje debí entrar otro par de veces por algo para mi pariente El Chelu; luego un poco más abajo otro bar-tienda que estaba situado a la altura de la farmacia, era una especie tienda, que un amable lector del blog me reprende por los olvidos y que se denominaba, el de Francisco el de Pachinina, que servía vino y que estaba al lado de casa de Pipo Margaride, allí se tomaban los vinos entre sacos de legumbres, pero del cual tengo muy pocos recuerdos, había otro bar tienda el de Teresa que estaba frente a lo que en su día fue la pescadería de Santisteban, este si era muy frecuentado pues antaño a su puerta estaba la parada del autobús.

Luego en la Dehesa recuerdo fundamentalmente dos: Casa Montero, y Casa Máximo, de los cuales tengo poca referencia, recuerdo a Máximo, menudo de cabeza redonda y calva, que alguien decía que era “facha” y que había estado en la Legión…. Nada de todo supe ni comprobé, pues en esa zona aunque la recorríamos de pe a pa, no tenían tele y la tenían algo debía haber que no nos era simpático para no parar.
En el otro extremo en el barrio de La Iglesia, había uno que todavía existe junto a la Iglesia, ( Bar Belmonte) esquina calle de la Iglesia y el Caravacu, luego había otro por el camino de la Iglesia el que va hacia la parte de abajo de la Picota en cuyo prau se hizo algunos años la fiesta de San Juan
.
De esta zona el más característico era Casa Piquerón, que recuerdo grande y amplio, y que me trae por su ubicación recuerdos aún más viejos del antiguo Bar-baile del Cantera, del que siempre habla mi tío Arturo, allá por los Buenos Aires querido .

A la entrada de la parroquia según se venía de la Braña estaba el Bar Reculta, peña bolística ya en El Plano, que pasó por todas las épocas, entre florecientes y decadentes de los bolos, hasta su marcha para la Calzada.

Y en el centro de la parroquia, entre el Plano y La Fuente, había dos bares que reunían ante sí, dos categorías sociológicas distintas, y que entraron en franca decadencia hasta desaparecer, por un lado estaba el bar de Dorina, "La Bolera", con una modesta bolera al frente, y donde vi por primera vez jugar a los bolos, Este bar estaba situado al pie de la carretera general, más o menos frente a la desembocadura de la calle Melón.

En La Bolera, nos permitían entrar los sábados en aquel oscuro rincón del fondo ver las serie de Bonanza y los dibujos animados, a veces ateridos de frio pues no queríamos ir para casa en el atardecer y de pantalones cortos pues ya me contaran, y temiendo que al menor murmullo a fuéramos desalojados pues aguantábamos lo que nos echaran, menos mal que la dos hijas, que para nosotros eran como dos musas, intercedían por nosotros para que nos dejaran entrar a una nutrida plebe aquel oscuro rincón, con algún paquetín de pipas que de vez en cuando alguien nos invitaba.

Un poco más abajo en dirección a la finca de Valle, que hoy contiene diversos equipamientos municipales, había otro bar, Casa Vidal que era de los abuelos de mi amigo Milu, y el cual funcionaba un poco de aquella manera, dependiendo de como viniera Lola la pescantina , o su marido, por lo tanto todo dependía de quien estuviera detrás de la barra, aunque la más tierna con nosotros siempre fue la madre de Milu: Manolita, un primor de mujer.

Lo recuerdo como un un bar largo de gran altura, y con una alta y larga barra que nacía al pie de la puerta e iba hasta el fondo del local, dejando un hueco para entrar y salir el personal del bar. Eso sí tenía la televisión colgada en casa de demonio, y aunque pasábamos horas jugando con sus nietos Milu (Emilio) su hermano y su primo, no eran muy proclives a dar cobijo a la muchachada y parábamos más bien poco.

Eran bares que fueron tomando diversos rumbos, unos vieron consolidados sus clientelas en base a los polígonos industriales, que además coadyuvarían a implantar otros establecimientos como el Bar Bazan, con el aquel alemán: Otto, capaz de trasegarse 40 cubatas en un día, o el Bar Obaya, bares más tardíos y con una configuración de paisaje y paisanaje distinta.

Esos eran los bares que recuerdo, amén de otro , muy pequeño en el Plano: Casa Zulima, o el de la Braña, pero ya se pierden en el el pozo del olvido.

sábado, 2 de febrero de 2008

Tremañes, en racha


Un nuevo Plan Urbano para Tremañes incluirá un colegio para bebés El programa de 16 millones de inversiones, en exclusiva para el barrio, aportará nuevos transportes

R. VALLE

El Ayuntamiento de Gijón ha convertido el barrio de Tremañes en protagonista único de su nueva propuesta para hacerse con fondos europeos del programa Urban, el mismo programa que ha permitido desarrollar en los últimos años inversionPublicar entradaes por valor de 14 millones de euros en los barrios de la zona oeste gijonesa, Tremañes entre ellos.

El edil socialista Santiago Martínez, responsable de Hacienda y Coordinación Administrativa, anunciaba ayer que Gijón ha presentado su candidatura a la nueva convocatoria del Urban, que se prolongará hasta el año 2013. En esta ocasión la propuesta de Gijón se centra exclusivamente en Tremañes y supone una inversión global de 16 millones, de los que 11 procederían de las arcas europeas y el resto del presupuesto municipal. La intención es profundizar en actuaciones de desarrollo industrial y social más que en el desarrollo de nuevas infraestructuras.

Gijón competirá con Oviedo y Avilés, como ciudades con más de 50.000 habitantes, por el proyecto al que tiene derecho Asturias, y lo hará con el inconveniente de haber sido ya beneficiaria de un plan Urban. «Eso dificulta nuestras posibilidades de éxito, pero consideramos interesante participar en esta convocatoria», explicó Santiago Martínez, quien adelantó que entre las propuestas planteadas por el Ayuntamiento están el fomento de las nuevas tecnologías en las empresas del barrio, el desarrollo de actuaciones en el ámbito de la eficiencia energética con proyectos de aprovechamiento solar, un plan de transportes que vincule las empresas de la zona, el desarrollo de itinerarios formativos para personas en riesgo de exclusión social y una escuela de 0 a 3 años.

Este centro había sido solicitado ya desde el ámbito educativo y vecinal del barrio y permitiría ampliar la red municipal de centros para bebés.

Martínez comprometió el desarrollo de todas estas iniciativas, aunque dejó claro que la posibilidad de conseguir fondos europeos serviría para acelerarlas en el tiempo. El plan Urban es una línea de financiación europea pensada especialmente para áreas castigadas por procesos de desindustrialización. Tremañes ya participaba, en el ámbito geográfico más cercano a La Calzada, en el plan en vigor, que ha supuesto, entre otras obras, un parque en el área de Los Campones y el proyecto de un túnel de comunicación con La Calzada a la altura de la estación de tren de la calle de Las Industrias.

Ahora el nuevo ámbito de actuación se centraría en el territorio de Tremañes, donde antiguos terrenos industriales están dando paso a nuevos espacios residenciales y a polígonos de reciente creación.

domingo, 27 de enero de 2008

Sexo. juegos e ilusiones

EL DESCUBRIMIENTO DEL SEXO

Como nos recuerda el padre de los dioses, metamorfoseado en lujurioso cisne, el sexo domina nuestra vida, y entre la chavalería de aquellos tiempos más extrovertida en esos temas que la de hoy, al menos en clave interna del grupo, aunque es muy posible que me equivoque, esto del sexo era un juego en que nos íbamos metiendo poco a poco en base a complejas y complicadas evoluciones.

Por un lado no teníamos la suerte, porque además éramos pequeños aún para ello, de que alguno de los familiares más próximos, padres o tíos, nos llevasen de putas para iniciarnos en el arte del sexo. El descubrimiento de Cimadevilla como Barrio Chino fue más que tardío.

Por lo cual nuestros propios descubrimientos venían de fisgar alguna que otra que otra hembra, bien de la casa cuando se bañaban en aquellas piletas o baldes en medio de la cocina, por aquello de que era el lugar más caliente de la casa y porque no había aún bañeras, aunque sí retretes, o porque solo había que mirar nuestro entorno.

Por tanto nuestro objetivo como púber animales que éramos, era buscar zonas de observación ajenas a nuestro entorno familiar, por un lado porque este último nos atraía menos, y además de difícil, podían traer consecuencias nefastas para nuestros ya magullados cuerpos, pues entre los tirones de orejas de los profesores, que nos las tenían medio arrancadas, había que sumar zapatillazos, y alguna que otra panadera paternal, y nos pescaban en esas lides, puede uno imaginarse.

Por tanto nuestro campo visual y del conocimiento del sexo, en aquellos mediados años 60, eran por un lado algunas fotos en libros que a veces colocaban algún dibujo de negras enseñando teta, pero todo muy recatado, algunas reales hembras meando en el camino o al lado de la fiesta parroquial, o en la zona de playa, o alguna gitana o portuguesa dando de mamar a algún churumbel, eso si luego estaba el mundo zoo-jodienda que se mostraba sin recato alguno, libre albedrío y a la vista de todos, animales que pululaban por la aldea en plena faena sexual: perros , gatos, vacas y toros, caballos, y cerdos, ese era parte d nuestro universo. Y no dejaba de ser paradójico pues si podíamos les jodíamos a los pobres animalicos la follenda con pedradas, u otras acciones para bajarles la calentura.

Pues eso cuando la adolescencia entraba en nuestra vida, descubríamos el ardor….

Fruto de nuestras insidias en este campo de ver que había debajo de los faldamentos y encima de los tobillos, era Conchina la del Nietu, con la cual pugnábamos por verle las piernas, y por ver sí utilizaba bragas y de qué tamaño; dicho sea de paso solo había un tipo, a juzgar por lo visto en los tendales.

Pero los intentos con Conchina siempre nos traía algún que otro palo a base de la larga “guiada de les vaques” y además con tanto refajo y pololos no había carajo quien le viera más allá de los tobillos. Por lo cual debíamos extender nuestras pesquisas más allá.. pero era difícil lograr nada, ni las horas, ni los emplazamientos eran idóneos, y cuando habíamos descubierto a alguien en esas labores, se corría tan rápido la voz que el afectado o afectados enseguida se daban cuenta y se acababa la función, aunque yo nunca tuve vocación de voyeur, tal vez por timidez.

Seguir a la parejas era difícil, pues en la zona de acción en el barrio había pocos “picaderos” en prados o laterales de caminos, como mucho, un día descubrimos a una pareja que se lo hacía en un prado de la finca de Melón con cierta frecuencia, pero lo más que vimos en las tres o cuatro ocasiones que acechamos a la pareja era el culo lleno de pelos del buen señor con los pantalones a medio bajar, salvo una vez que nos pilló en plena faena de fisgones, y se levantó el buen mozo,en pos de unos voyeurs que teníamos de compañeros en otro apostamiento, y pudimos ver el resto de los “mirones” el buen felpudo de la señora que sin ¡bragas que perturbase nuestra atenta mirada, lo vimos en pleno orgasmo pues se vio abandonada por su amante en medio de un ensoñado momento de placer, y no se dio cuenta de la situación, así nos mostró al menos a mi y al compañero de andanzas del cual omito el nombre, aquella buena hembra casada su maravillosa pelambre y unas más que generosas tetas tras quedar allí como pasmarotes, durante fue nuestra más sensual referencia.

Eso sí nos ganamos su enemistad porque con aquello perdía a su vigoroso amante, y entablaba con nosotros dos, una extraña relación de aversión y atracción, siempre pensábamos como chantajearla y hacernos con sus favores. Ilusos adolescentes, pues alguna vez nos dejamos caer por su casa para ver si se amimaba a hacernos algo, que si yo, hacernos su amantes, enseñarnos su poblado felpudo, o dejarse acariciar, pero lo más que conseguimos fue una merienda unos afectuosos abrazos y besos a la vez que nos mostraba los generoso de su escote.

Y todo era muy curioso, porque aparte de todo no había revistas,

y si las había no había manera de verlas, fotos pornográficas, yo creo que las primeras que ví fue con 14 años, en la fábrica de vidrio de Laviada, donde aquel asistente que teníamos en el horno, nos dejaba verlas mientras medio nos palpaba la bragueta. Me hace gracia ver al personaje por Gijón, con esas grandes zapatillonas y los labios pintados con “mercuriocromina", que a veces le mancha toda la cara.

Y pese que no había apenas televisión, ni fotos, ni revistas, ni acceso universal al mundo del sexo como ahora, por medio de Internet, si que era algo que sustanciaba nuestras vidas.

No es que fuera un argumento vital, pero planeaba entre el grupeto, que lo más que llegábamos era a mirarnos mutuamente “la pija” o la pirula”, darnos algún restregón que otro, pues eran tiempos en que descubríamos la técnica del pajoteo, que era más una actividad individual y personal que colectiva, aunque en la riberas de Mortero hubo alguna que otra “pajeada colectiva”, pero eran escasas y no pasaban de ahí la cosa, y comparación de tamaños y formas , tras enseñarnos los más mayores ya con casi 20 años, sus manubrios.

Por tanto nuestros enardecimientos tenían su alivio n en las primorosas noches primaverales a base de participar en los juegos colectivos del “corro de la patata” o al Quemau, o al escondite, pero teníamos otro hándicap importante para liberarlos y era la falta de chicas, pasando lista de las compañeras, si que las había, compruebo que eran pocas y la competencia muy dura, y además éramos mundos distintos.

Por lo cual todo quedaba en eso, en estar cerca, o sea pegaditos en un escondite, o en jugar al juego de ser o no novios, sin saber qué hacer ni cómo hacerlo, pero eso sí, incitados hasta el paroxismo por los cuentos y fantasías de Carlos, éste era uno que vivía encima de Casa Ramonita, que era mucho mayor que nosotros y que junto a su primo de Santa Bárbara, nos referenciaban todo un mundo erótico y deleites algo así como la vírgenes de Mahoma, yo creo más bien fruto de su imaginación que de la praxis.

Eso sí nos dejó de piedra, cuando una noche de juegos del escondite, nos dio a oler sus dedos de tocamientos chochiles con una de nuestras contertulias, quedamos impresionados, pues sí, que aquello olía a lo que después fuimos descubriendo cada uno de nosotros sobre el enardecimiento carnal e íntimo, y hubo noches de juegos en los que aprovechaban los mayorones (hombre y mujer) para que hubiese más que de un tocamiento de bragas o calzoncillos, en medio de nuestra bendita ignorancia y adolescentes juegos, que no pasaban de aquella retahíla de besos ganados en el juego de las prendas.

Éramos fruto tardío en poder desenvolvernos en estas lides del sexo , tan solo recuerdo con cariño un revolcón en una de esas noches del escondite, en un comedero de vacas, entre hocicos de vacuno y paja, con una vecina mayor que yo que aprovechó el momento , y en segundos en medio de la oscuridad me lo medio enseño casi todo, medio lo palpé, y supe de la suavidades del sexo , en auténticos pocos segundos, en aquellos momentos supe lo que me había pasado, pues creí que me había meado. ¡Bendita ignorancia¡

El verdadero sexo llegó años más tarde y en otros escenarios ya arribada la mitad de la década de los 70.

domingo, 20 de enero de 2008

LA GUERRA DE LOS BOTONES


Lo cierto es que la pandilla del barrio de La Fuente, ese ínterin de barrio que va entre el polígono de Bankunión y los Campones, donde en sus tiempos hubo una fuente y un pequeño kiosco, antes de la calle Los Pinos,eramos terribles.

Pues en esa parte de la parroquia, nos reuníamos bajo un liderazgo colectivo cierta chiquillada, los Zipi Zape de la zona, o sea los hijos de Eloísa “ la Praticanta”: Eduardo y Gelín, el que suscribe, Miguel Angel el de Vida y Gerardo; Urbano con aquella melona vikinga por lo rubio que era; mi hermano Jose, y alguno otro de la Dehesa, que se nos unía.

Al margen se quedaban por ser más peques, o más mayores: Manuel Angel y su primo que vivían encima de Casa Ramonita, Chema y sus hermanos que eran más retraídos, Eduardo de enfrente de la farmacia los cuales apenas si participaban de nuestras correrías, éramos demasiado guerreros para su gusto, o el de sus padres.

Notros tanto como yo como mi hermano, en plenos ardores guerreros que se nos encendían con las películas de romanos y vikingos que visionábamos en el cine Rivero los domingos, éramos los suministradores de las armas y los escudos que nuestras razzias por el barrio y aledaños.

AL ser mi padre, encargado de obras, llegaba siempre algún camión de restos de maderas, que nosotros utilizábamos para hacer espadas y escudos a la manera romana o vikinga, y de esta manera proveíamos a todo el personal de la cuadrilla de las armas correspondientes con las que guerreábamos con otras pandillas de la Dehesa o de Gijón Fabril o de la Yenca.

Nuestras armas eran complementadas con gomeros de buena talla, fabricados en la casa de mi progenitor, que estaba atestada de herramientas para poder abordar cualquier factura que se nos encomendase, eso sí las palizas al final de mes eran brutales. Pues mi padre de vez en cuando echaba mano de sus estupendos formones, o cepillos y garlopas, a las cuales nosotros previamente habíamos dejado las afiladas cuchillas de aquella manera, pues no había clavo que detuviera nuestra acción constructiva, clavos, pontoneras, etc poblaban toda aquella madera que llegaba a casa camino del fogón.

Y nosotros con parte de ella construíamos las espadas a base de garlopazos, imagínense como podían quedar tan afiliadas y delicadas herramientas, cuando nuestro padre nos llamaba a capítulo ya íbamos como los perros renqueantes, pues sabíamos que había descubierto alguna de nuestras diabluras, eso sí todo era negado a pies juntos y aunque implorábamos un habeas corpus, no había piedad con nuestras carnes, bofetones, correazos, etc… así nos fuimos curtiendo a base de alguna que otra paliza que ya asumíamos como forma de aprendizaje pues ya sabíamos que la letra con sangre entra.

Si ello nos sucedía en la escuela, como no iba a suceder en casa, con todos aquellos desmanes que causábamos a la menor, herramientas rotas y escondidas, elementos de trabajo con grandes destrozos dejados allí como si no hubiera sucedido nada. La verdad es que éramos geniales en equipar a nuestras avanzadas vanguardias guerreras.

Recuerdo una vez que guerreábamos contra unos de la Calzada, y pillamos a un par de ellos como prisioneros, los atamos,previa tortura, o sea ensalada de sus partes pudendas, a base de meterle en los calzoncillos hierbas, piedras, ortigas y alguna lagartija.

Lo cierto es que aquella vez se nos fue la mano, pues los dejamos atados a la altura de la estación de Renfe de Tremañes, hoy Apeadero de la Calzara, y les arrancamos todos los botones, como en aquella vieja película de Yves Robert, si lo hacían en el cine porqué nosotros no lo podíamos, hacer?

El caso es que a los dos bandos enfrentados se nos fue el santo al cielo tras la razia, y creyendo unos que los prisioneros habían sido rescatados por sus compañeros, y otros que todo se había resuelto, el caso es que llegó la noche y los chavales no aparecían en casa, pregunta que te pregunta, encontraron a eso de las 10 de la noche a los chavales tiritando de frio y de miedo, y medio desnudos y atados donde los dejamos a media tarde.

Cuando picaron a la puerta de mi casa y vi aquellos desconsolados chavales de mano de sus furibundos padres pidiendo justicia, se nos cayó el alma y algo más.

Aquello fue sonado y también el castigo al que fuimos sometidos toda la panda de La Fuente, además de la inevitable panadera en presencia de los reclamantes. Estuvimos encerrados una buena temporada.

Así éramos y así nos criábamos, para un futuro que se nos abría por delante, el cual veíamos lleno de platillos volantes.

domingo, 13 de enero de 2008

Azcano y la peregrinación de la forgasia.



Saltándome la rienda de los juegos como tal la tenía trazada, paso a la empresa carpintera de Azcano ,que me sugiere un lector de este blog, José María, que recordaba a Conchina la del Nietu cogiendo forgasia,'Quien no se iba a acordar de su singular figura, sus decires y desplantes?


La carpintería Azcano, las nuevas naves pues ya existía otra nave más antigua en el callejón que daba a la finca de Melón. La nueva instalación que dió lugar al arranque de la hoy calle de Baizán, abrió con su aparición todo un mundo desconocido para nosotros, pues llegaba la industrialización y la articulación del incipiente polígono que se encuentra hoy entre la Avenida Melón y la Calle Baizán y la carretera de Tremañes, conocíamos la nave de persianas Trabanco pero poco más, y de repente en pleno corazón de nuestra peculiar Atlántida surge Azcano, ¡cuántas panaderas no me cayeron por culpa de aquellas instalaciones¡


Su aparición trajo consigo no se porque, una inundación en la zona, creándose un charcal de buena profundidad, como la cosa estaba empezando pues apenas si había guarda, por lo cual los chavales nos dedicamos a desplazar los grandísimos tablones que por allí pululaban y hacíamos travesías por el charcal, horas estábamos dale que te pego, hasta que probábamos la inevitable caída.


Como no se podía ir a casa a decir que estábamos mojados, pues seguíamos jugando bien con los tablones o por entre la maquinaria, de aquella apenas si habían cerrado y blindado la empresa, y para recobrar calor pues eso un baño o una pelea de “forgasias” o sea de virutas de madera.


Cuando ya la cosa parecía que no chorreaba demasiado pues nos íbamos, siendo Sábado o Domingo al bar de Aurorina, “La Bolera” a enchufarnos a la televisión en aquel bello rincón en el que nos juntábamos una buena caterva de críos, que veíamos encantados lo que nos echaran Bonanza o lo que cayera pues en casa no había televisión, yo la veía en el Bar de Aurorina o en casa de Carola y el Parrichu, que nos dejaban por la tarde noche y con la banqueta a ver las películas, Vaya invasiones y que paciencia la de nuestros anfitriones a los cuales invadíamos la muchachada de la calle Los Pinos.


Azcano era a su vez nuestro calvario, pues era la suministradora oficial de forgasia para encender la cocina, para la cama de los conejos , o de los gochos, que de todo hubo en casa , menos vacas, mi padre hizo gala siempre de su buen hacer y afición a los animales.


También buscábamos madera de baldío, o sea sobrantes” si bien en un primer momento había en abundancia luego la cosa se iba complicando pues la escasez o la aparición de camiones que atesoraban con avaricia nuestra demandada “forgasia “ y serrín para otros menesteres como echarlo en las sidrerías, pues nos obligaban a la peregrinación semanal a por forgasia, si traíamos poco porque traíamos poco, si había mucho no había madre que luego la trajera en carretillos desde la nave de Azacano hasta casa. Era toda una liada con nuestros progenitores.


Yo me veo siempre pegado a una inmensa carretilla roja que hizo mi padre, que pesaba un quintal, buena como ella solo pues todavía está en casa de mi madre, y en la cual iba casi todas las semanas o cada quince días o bien a por carbón a la Dehesa, o bien a por forgasia, rogando en este último caso que hubiera existencia, y que no fuéramos pasto de algún jefecillo caprichoso al que molestaba tanto pedigueño de forgasia.


Siempre había algún trabajador que nos echaba una mano diciéndonos donde había una “ñiata de forgasia buena, o maderuca pa la cocina”. A mi me impresionaban aquellas ringleras de maquinas cortadoras o cepilladuras, una de ellas estando yo recogiendo la viruta se llevó parte de la mano de un trabajador, se armó la de coller, y ya se concluyó aquello de ir por entre los montones que las maquinas producían, luego se centralizó la recogida en la zona de la nave antigua, cayendo la inestimable “forgasia” por una tolva, era ya la industrialización a tope representada tambien por la uniformación a base de fundas azules que eran todo un bien preciado en el mundo de la aldea,



Así era nuestros proveedores, sala de juegos y supervivencia, y dar las gracias a José María, con el cual a buen seguro me habré tropezado en las clásicas peregrinaciones de la forgasia, por hacer que resucitara este olvidado recuerdo.


Hoy tal instalación la ocupan una chatarrería un unos talleres de chapa, hoy dedicados a gruas ya cerrados

Un saludo

Victor Guerra

domingo, 6 de enero de 2008

Tremañes, con otras perspectivas


La promoción de 619 viviendas ha levantado el ánimo de un vecindario que se creía pasto de la expansión industrial y donde, entre 2000 y 2002, sólo se habían construido dos casas


La solicitud de licencia para la construcción de 619 viviendas, incluido un grupo de adosados, ha inyectado «mucho ánimo» en Tremañes. El barrio, donde sólo se habían edificado dos casas entre 2000 y 2002, ya se creía pasto de la expansión industrial. Que se hagan nuevos pisos ha permitido recuperar los niveles de población de hace ocho años, avanzar en mejoras y sanear espacios que estaban muy degradados. Aunque Tremañes es y seguirá siendo una de las zonas más industriales del concejo. Una zona donde está previsto un nuevo polígono de más de un millón de metros. Miriam SUÁREZ

Entre los años 2000 y 2002, en Tremañes sólo se construyeron dos casas unifamiliares. Desde 2003 a 2007, se solicitó licencia municipal para la edificación de 619 viviendas. «Se hicieron hasta chalés adosados. ¡Carísimos!», recalca Enrique Cerra, presidente de la Asociación de Vecinos «Evaristo Valle». Ese incremento en el número de hogares -del 87 por ciento, ni más ni menos- ha infundido «mucho ánimo» a un barrio que se creía pasto de la expansión industrial.

Por lo pronto, la tasa de envejecimiento ha pasado del 2,31 al 1,44 por ciento y la población menor de 65 años ha crecido un 8,21 por ciento. Estos datos, aportados por la oficina Urban (programa de ayudas comunitarias para la recuperación de zonas urbanas degradadas, del que Tremañes es beneficiario), despejan algunos de los nubarrones que se cernían sobre el futuro de este vecindario del oeste gijonés. Aunque no todos.

Las primeras edificaciones de nueva construcción empezaron a ocuparse en 2006. A pisos nuevos, más y mejores servicios. Ésa es la esperanza que albergan los vecinos: «Se hará un parque frente a la farmacia y, por lo visto, van a abrir un Mercadona en esa zona. Y, con suerte, igual nos amplían el centro de salud. Ahora lo que tenemos es más bien un dispensario; de hecho, dependemos de El Natahoyo».

Parece que Tremañes levanta cabeza. Coincidiendo con su desarrollo residencial, el barrio ha recuperado la población perdida en estos últimos siete años. En enero de 2006, había empadronados 1.669 vecinos; a principios de 2007, el número de habitantes había subido a 1.825, una cifra muy similar a la que se había registrado en el año 2000. «Para nosotros es un alivio. Pensábamos que las naves se iban a llevar por delante hasta Inuesa», señala Cerra. Inuesa es uno de los grupos de viviendas más representativos de Tremañes. El pasado 1 de enero se cumplía el 48.º aniversario de la inauguración de su primer bloque de pisos, ocupado al completo por trabajadores del dique Duro Felguera. Enrique Cerra fue uno de ellos. «Entonces, las naves que se veían por aquí eran garitas de aperos», asegura.

Mucho ha cambiado el panorama. Ahora, Tremañes es -junto con Roces y Porceyo- la zona del concejo que mayor carga industrial soporta. La avenida de los Campones, su vía principal, está cosida a baches, lógicas cicatrices del paso de tanto tráfico pesado.

En Tremañes, tienen presencia unas 500 empresas, cuyas instalaciones acaparan buena parte de su territorio. Los últimos desarrollos industriales tuvieron lugar en los Campones, ya con naves, y en La Peñona, que está en proceso de comercialización. La demanda de parcelas en este último polígono ha superado con creces su capacidad.

Las políticas para paliar la necesidad de suelo industrial se han cebado con Tremañes. Y más que lo harán. A lo largo de este año, el Principado prevé poner en marcha -a través de Sogepsa- la urbanización de un nuevo polígono. Ocupará más de un millón de metros cuadrados de Lloreda, una zona que representa el pasado rural de Tremañes, que fue parroquia antes que barrio.

«Miro el plano y ¡madre mía!, se ve un polígono enorme», comenta el presidente de la Asociación «Evaristo Valle». Ese plano, en el que la zona de Lloreda aparece troceada en colores, rayas y siglas, recuerda a los vecinos que «Tremañes sigue siendo muy industrial». Enrique Cerra, jubilado del sector naval, explica que «nos debatimos entre la alegría de que se hagan pisos nuevos y la tristeza de ver cómo desaparece todo lo verde que teníamos».
El polígono de Lloreda ya se encuentra en vías de tramitación. El hecho de que el expediente esté sujeto a expropiación añade más dosis de polémica a un proyecto que «hace polvo» la zona de Lloreda. «A ver si, por lo menos, nos mejoran las comunicaciones», señala Cerra. El tráfico -por la arteria principal del barrio circulan 8.000 vehículos al día- se ha convertido en un calvario. Es industrial.

martes, 1 de enero de 2008

LOS JUEGOS DE MI PARROQUIA

Juego del saco, más bien usado en tiempos de romería o fiestas del pueblo

La realidad de los juegos ha cambiado tanto que ya no reconozco ni los juegos ni a los niños, ya no que éstos ya no tienen tiritas, ni llamativos vendajes, ni escayolas.

Su vida gira ahora alrededor de lo acolchado, primero los parques jardines a modo de corralitos, con toboganes, columpios con suelos de goma y todo ello cercado para que nadie se escape, se perpetúa de este modo el modelo del control infinito y milimétrico.

Los juegos ya no tienen esquinas, los suelos son de goma expandida para amortiguar golpes en las caídas, y así van pasando los años de la niñez entre almidones, alejados de las búsquedas , de las bromas, de las gamberradas, de la incipiente curiosidad del otro hacia la otra y viceversa.

La adolescencia es un campo estéril de pijotería imberbe donde se pasa de lo macarra urbanita al adolescente pijo, o al jovenzuelo anuncio, reflejo del compendio duro de la publicidad al uso. etc.

Y el resto ustedes ya lo conocen, no es que sea una mala época. ¡ que va¡ Es más bien una circunstancia generacional distinta a la de aquellos años mozos, cuando en Tremañes allá por los años 6o teníamos un largo trayecto de juegos, vinculados fundamentalmente a las épocas climatológicas, generalmente muy centrados en primavera y al tiempo estival.

El invierno era tan duro, y los días tan cortos que tras las caminatas de casa a la escuela y viceversa ya era todo un trabajo al que sumar el horario escolar; además estaban las mojaduras y el secado de ropas y calzado.

El cansancio era tal, que nos quedaban pocas ganas de salir a retozar o ganberrear, y como no, había poca ropa y calzado del que disponer. O sea que el invierno era un tiempo para el reposo, la placidez del hogar y la peleas entre la parentela que pululaba por la casa

Sin embargo la primavera, y el verano era la explosión de los juegos, de las feromonas a tutiplén, y el tiempo muerto en horas y horas de juegos y andanzas.

Mis recuerdos de los primeros juegos, hay que decir que estaban vitalmente vinculados con los correspondientes castigos, o sea escaparse de casa por la ventanas y tapias al menor descuido, dejar los mandados de los padres a la menor para darse un garbeo donde la ausencia de relojes marcaba nuestro quehacer infantil. Traían como consecuencia la reprobación, cachetes, palizas a base de alpargata, y cuando la cosa era más grave funcionaba el cinturón, me río yo ahora con el tema de la ley del cachete.

Como sigamos por esas trochas al final habrá hasta una Ley de Punto Final, y nuestros progenitores tendrán que pasar por los tribunales de honor, y juzgarlos como sangrantes especialistas en torturas juveniles.

Dejando de lado el tema conceptual de la violencia infantil. Uno de los primeros juegos que recuerdo es el de las latas de conservas atadas con cordelitos a modo de vehículos o trenes, y así nos íbamos entreteniendo cargando estas de tierra y trasportándola de un lado a otro., cuando era con arena pues no había más que problema que aguantar las persecuciones de los obreros o propietarios de los arenales, que veían como poco a poco sus inmensos montones de arena pasaban a ser en poco tiempo algo así como un enjambre dunar de muy especiales características. Por lo cual sufríamos el acoso de los propietarios de los codiciados montones de arena.

Cuando carecíamos del montón de arena, la cosa empeoraba, con relación a nuestros padres, pues bien hacíamos agujeros a la puerta de casa, las calles no estaban asfaltadas, o bien nos dedicábamos al tema de mezclar el barro y el agua, lo que ya eran el sumun para nosotros y nuestras madres. Por razones óbices.

Era todo un entretenimiento buscar las latas de conserva, los montones de arena, no era fácil pero esto y el resto de las operaciones nos llevaban sus buenas horas.

Otro juego que recuerdo es verme echado en la carretera general de Tremañes pintando dos líneas paralelas a modo de circuito para meter las chapas, y a golpe de dedo empujando las chapitas con intención de ganar si se podía la pool, eso sí, no había que salirse del circuito. Era como jugar a los fórmula 1, pero con chapas, a veces en el lugar en que debía quedar las chapas colocábamos unos diminutos ciclistas de plástico a modo de La Vuelta a España.

La laboriosidad que tenían las susodichas chapase, era inmensa, primero había que encontrar el yacimiento de chapas, los bares los teníamos aburridos a peticiones y como nos asediados en busca de sus basuras, luego buscábamos cristales, o restos para poder galletear a base de una tapa de crema de calzado doblada el borde del cristal y hacer con él un perfecto circulo que pudiera entrar dentro de la chapa. Ello contraía buscar una imagen que también pudiera entrar en la chapa, y finalmente colocarlo todo y sellar el cristal con jabón Chimbo para tener una chapa guay, con aullidos de las madres que veían sus jabones hechos trizas.

Eran tiempos en que los coches que pasaban por la carretera eran más que contados, y además en caso de venir eran tan ruidosos que todos sabíamos quienes eran y hasta que distancia quedaban de nuestras posiciones. Estos juegos eran combinados con otros como el cascayu, cuyo desarrollo se trataba de una latita de crema de calzado, o sea de “servus” , vacía y vuelta rellenar de arena, que íbamos arrastrando a la pata coja con el pie, por una serie de cuadrados, era más bien un juego de chicas, pero hay épocas esa diferenciación de género o no lo teníamos tan en cuenta, al menos para este tipo de juegos.

Luego estaban las canicas, que venían en tiempos muy determinados, y que nos reunían a la muchachada alrededor de bolas de arcilla,( las canicas de cristal eran un bien preciado, al igual que la canicas metálicas, que nos surtían algún que otro padre mecánico provenientes de rodamientos viejos) y que a base de andar pelando la rodillas, pues andábamos todo el día en pantalones cortos, los largos eran un lujo y ya de personas mayores, además tenían el inconveniente de que traían más palos, pues se rompían antes que nuestras rodillas.

Otro día más...