domingo, 13 de mayo de 2007

Las escuelas de antaño


Lo cierto es que ser una parroquia grande como era Tremañes, con su poblamiento diseminado en varios núcleos, como eran en su momento Lloreda, La Juvería, La Fuente (a la cual se sumaba el barrio de La Dehesa), La Iglesia, La Braña, La Muria y La Picota, hacía que la población infantil estuviera muy distanciada y hasta se desconocieran como miembros de un mismo universo parroquial.

Esa diseminación cooperaba a que la población infantil y juvenil tuviera pocos lazos entre sí, debido a varios factores como la distancia que había entre ellos, la cual, por otro lado, era suficiente como para que no hubiese mucha necesidad de vernos y además esa situación nos garantizaba espacios propios de juego y hasta ámbitos de poder y liderazgos distintos. Situación que además se complicaba si se tiene en cuenta que cada zona tenía caídas escolares distintas: La Fuente tiraba para La Calzada; La Juvería subía a la concentración escolar de Lloreda, y La Braña, La Muria y La Picota más la zona de San Juan acudían a la escuela de Las Maravillas o ya bajaban directamente a Gijón.


Pero antes de acudir como escolinos de Primaria a otros lugares, la gente menuda del barrio o de la calle de los Pinos y aledaños, pues no había otra calle que ésta y la carretera general, aprendimos las primeras reglas de la disciplina y urbanidad en la improvisada escuela de doña Marujina, la esposa de don Eduardo, alias Michelón, un funcionario del Sindicato Vertical, buena persona y simpático como él solo.

Su señora ponía a funcionar en la cocina de su casa aquella especie de parvulario, donde los alumnos llevábamos el banco de casa y la bolsa del bocadillo. Allí aprendimos los «guajinos» de La Fuente las primeras disciplinas y urbanidades, garabateando en las piezas de pizarra a base de pizarrín y trapo. Tiempos de amores infantiles que duraron un par de años, y a los cuales nos tenían prendidos a aquella caterva de neños las piernas y el cuerpazo de aquella bella madame, sin hijos, que constituía nuestra segunda madre.

¡Qué inviernos aquellos al calor de la cocina de carbón!

Luego ya vinieron los años más duros, y con ellos el desperdigamiento de la pandilla, unos a Lloreda, con el temible don Augusto, y otros a distintos centros por los cuales peregrinó el personal. Era aquella primeriza concentración escolar de Lloreda donde a uno le daban una camiseta con el anagrama de «LL» de colegio público de Lloreda y unos pantalones azules para la gimnasia de saltos y carreritas. En ese centro había cine y comedor, aunque un servidor andaba y desandaba el camino desde Lloreda hasta La Fuente para comer en casa.

¡Lo que anduve en mis años escolares!

En esa primera concentración escolar donde nos daban la leche en polvo del «plan Marshall», teníamos como profesor a ese tal don Augusto, un maestro alto, de atlético cuerpo y recio bigote, el cual se gastaba todo un sortijón con el que nos daba unos coscorrones por los que hoy sería juzgado por el tribunal de menores y condenado a la pena capital.

Es de risa esto de las bofetadas con aquellos castigos de poner los dedos en racimo para que luego él pudiese dar a gusto reglazos sobre yemas de nuestros encarnecidos dedos a tutiplén. Otro ejemplar castigo era ponernos en los pupitres de rodillas con las espinillas en el canto de las mesas.

Otros, en cambio, tomaron la vía de Gijón, a base de andar todo el día de autobús, como los hijos de la Eloísa, la practicanta, Ángel y Eduardo, traviesos como los Zipi y Zape, cuyas andanzas por Gijón nunca las tuvimos muy claras. Algunos iban a las diversas escuelas que pululaban en la década de los años sesenta por La Calzada.

Dada nuestra maldad y trapacería, algunos, entre los que me cuento, terminamos recorriendo diversos tugurios académicos como el de la academia de don Paco, en el Grupo Francisco Franco, de El Natahoyo, donde sus hijas impartían clases mientras cocinaban, allí estaban las antípodas unas de otras: la matrona y consentidora Eloísa, la estiradísima Queti, excelente madame del «bondage» escolar, y admirada por todos por sus líneas y maneras, y aquella extraña Emma, de perfil inca y un precioso pelo negro y tan extraña en aquel ambiente.

Éstas eran las profesoras, del mismo palo que el padre, que era de pedernal, aunque algunas veces eran un poco más cariñosas, aunque tenían días.

El método didáctico del tal don Paco, que tenía colgadas en el cuarto de baño unas botas del Ejército (de caballería), era hacernos sumar y canturrear, de pe a pa, lo que se nos pusiera delante, igual sumábamos tres cifras que diez, pues de lo contrario lo sufrirían nuestras orejas, que amenazaban con soltarse de nuestra cabeza a cada momento, eso sí, para disfrute de nuestros padres, que comprobaban que la letra con sangre entra.

Las palizas con algunos eran de órdago y hoy serían de tribunal de justicia. Aquella jarca en largas mesas de madera sumábamos con pluma y tintero y en las tardes más lánguidas nos dedicábamos a la caligrafía de redondilla. Eran días se asueto y alegrías, aunque para otros era toda una tortura.

A este tirano de carnes blancas y blandas, el tal don Paco, le conocí un atardecer en el bar Casa Victorón, sito en el Carmen, y hoy restaurante Casa Víctor. Allí me examinó el cátedro, que me supongo hoy lo fuera en equinos más que en pedagogía. Puesto que mi padre veía que en Lloreda no avanzaba, hizo que pasara la prueba del ocho del tal don Paco, que prometió a mi progenitor hacerme un hombre de bien en pocas semanas, para sonrisa socarrona del camionero y cazador Minón, y el taxista de la calle de Álvarez Garaya, «Paxaraes», que ya conocían de qué iba el telar.

Como digo, al pedernal de don Paco le tenían sublevado y sobrepasado su dos nietos, hijos de Eloísa y un misterioso señor que veíamos de muy de cuando en cuando por la casa, a tales nietos les tildaba de badulaques y gandules, y si eso ya era malo, aún peor cómo los trataba, a patada limpia, como buen domador de pencos que debió ser.

Era la escuela del terror. Recuerdo que un día, a las nueve de la mañana, no sabía el sistema métrico decimal, que terminé de saber y recitar de carrerilla a eso de las once de la noche del mismo día y sin más alimento que el agua.
También le gustaba al tal don Paco ponernos de rodillas con los brazos en cruz y un buen montón de libros en cada palma de la mano, y nunca se olvidaba de colocar al lado del penitente a un soplón o cómitre, yo creo que en recuerdo de sus tiempos de «chusquero».

Había también un castigador escolar, o sea, un maltratador, el Maraña, pero eso quedará para otro día.

Buena escuela, si señor, por eso los la academia de don Paco sabíamos la leche, y hasta sin presionar la Biblia en verso. En los exámenes de entrada al instituto sacábamos las mejores notas.

Eso sí, en el Instituto, en le masculino número 2 de La Calzada, el relajo era total, algo incomprensible para aquellos que gobernaban el centro educativo: «Los Baberos», por aquel extraño corbatín a modo de babero que llevaban en aquellas épocas los Hermanos de La Salle, con don Germán a la cabeza como director.

Como digo, aquello fue un relajo y el desastre de todos nosotros al cabo de un par de trimestres, a los cuales hubo que buscarse mejores salidas que la escuela.

Ése era el marco educativo de nuestra parroquia, o el de algunos de los rapacinos de la aldea de Tremañes

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo sólo tengo buenos recuerdos de "Las Maravillas". Acabé octavo justo el año en el que la escuela desapareció.

Administrador dijo...

Me alegra que haya sido así.
Victor Guerra (Chusi)